Las resacas tras las noches de tres aquí no duelen. La ginebra sabe más suave si es en una cama viendo como me sacáis de la cabeza otros corazones.
El suelo no se empapa cuando lloro. Quizá la idea de beberos hasta mis lágrimas haga que se ondulen de más los mechones.
Adrenalina es colgarse en los rizos de una y deslizarse por la espalda de la otra. La libertad es algo similar a que ambas pestañeen a la vez.
Y yo que os observo por dentro y por fuera veo que la locura sólo la conoce quien se engancha al vaivén de vuestros andares. Que le pregunten al silencio por la adicción de vuestras risas. Hasta en éste lugar tan claustrofóbico se escucha el eco de ese tipo de silencio.
A sus bocas no le hables de versos si no están enlazados de felicidad. Terminaran pidiéndote un beso tras buscar algo azul entre tus dientes.
No les regales poesía a sus oídos, que han deshecho camas para escribir sonetos con palabras entre paréntesis y entre sus piernas.
Sus pulmones se llenan de aire y problemas. A veces de placer liados. De sabores a lo que manden sus dedos. De papeles escritos o en blancos. Lo que mande el corazón con permiso de la razón.
He visto como querían comerse el mundo desde las alturas y les han arrancado el corazón en dos lentos años a pie de calle.
Se han amarrado a mis cuerdas vocales en situaciones extremas, y se han dormido en mi hombro cuando no encontraban la salida. Me han preguntado preguntas perdidas, y perdidas me han preguntado cuándo pasaba la tormenta. Lo difícil no es que llegue la calma, es deshacerse de todo lo que queda de la tormenta.
Ahora ya andan sin cogerme de la mano. No miran atrás por miedo a tropezarse distraídas.
Me tienen más guardada que nunca en la suite de sus corazones con botellas de ron barato y música al compás de mi corazón.
En la pared tienen un cuenta vidas para no perderse en mi vida gatuna. Que sólo me quedan cinco y ochocientas caídas que amortiguaran estas paredes. Sólo me queda una vida con ellas y dos años menos.

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