9 de marzo de 2015

20 heridas, 4 cicatrices.

Os pedí que esperaseis, y abandonasteis. Pero apareció Sara con el Toyota azul y me llevo a la ciudad más bonita. Y me enseñó a decidir cuando quiero que amanezca. Me pidió por favor que para atardecer le llamase que ella siempre tiene media luna en su boca para presumir por las noches. Me explico mientras me cogía la mano y apoyaba mi cabeza en su hombro, que perfume tiene que ver conmigo. No con ninguna marca cara que todavía no hemos probado.  

Pedí un grito como ayuda, y escuche el silencio. Y Andrea me abrió las puertas a la nada, con un té rojo y limón. Un cenicero para quemar las penas y resurgir de las cenizas como el ave fénix. Siempre he estado como en casa contigo. Aunque a veces hemos perdido tanto el norte que nunca sabíamos volver. Haciendo llover los días más felices, y subiendo el mercurio de los termómetros como las copas en los brindis. 

Me tropecé tantas veces que me enseñaron a bailar con todos mis errores. Rocio fue capaz de descoordinar mi cordura. Nos subimos a los tacones más altos y en el bar más barato de la ciudad le cantó a mis alegrías. Y me guiño un ojo. Porque ella aparece, te explica con sus gestos la historia más bonita que puedes escuchar,  y se va. Pero siempre vuelve.

Me pidió que fuera sincera. Que se lo dijera. No te preocupes por mi. Dijo mientras me perforaba la vida con sus ojos. Parecían disparos directos. Para toda la vida. Y he vivido las peores tormentas en tu cama contándote como la vida se me derrumbaba. Como pedía el autocontrol de mi habla. Y cuando conseguía callar Raquel reforzaba el silencio. Me acariciaba la vida, las mejillas y me abrazaba. Y con ojos brillantes me mostraba admiración por algo que todavía no entiendo.


 Y la vida nos apareció en forma de barba de dos días a todas, y se cogió de la mano de cada una. Nos han cantado como hacen las sirenas. Comimos de la manzana envenenada. Y fuimos capaz de dormir con veneno todas las noches. Supongo que eso es la vida. Que te exijan cada suspiro. Que te maten. Que te disparen desde dos milímetros de distancia. Y te cures. 

Y miramos las estrellas y vimos que todavía era muy pronto para rendirnos, que tenemos 20 heridas y cuatro cicatrices. 

Y las noches siguen siendo igual de largas. Con música que pasará de moda dentro de unos meses. Alcohol barato para tacones caros. Pintalabios compartidos, y voces a un mismo son.
La luna hace tiempo que nos envidia. Hace días que me pregunta como lo hacemos. Como tan diferentes estamos tan unidas. Y le hablo de vosotras. De como sois capaces de mover todos los molinos de don Quijote para que el viento me venga a favor. De como, a punto de morirnos todas el domingo, nos revivimos.

De curar(nos).