5 de octubre de 2014

Como en casa, fuera de ella.


Me invadía el ron por las venas cuando me sentí como en casa, fuera de ella. Estaban los de siempre. Los que nunca recuerdo que les vi. Las que bailan conmigo sin decir nada más.Estaba él, y aquel. Estaban las canciones que nunca fallan. Y los vasos que nunca terminan. Hay conversaciones eternas que te duran cinco minutos. Hay abrazos sinceros y besos envenenados. Reparten amor por las calles, detrás de cualquier coche abandonado que guardará el secreto hasta el desguace. Los que se odian y acaban más revueltos que juntos. Los de las primeras veces. Y los de mañana lo dejo. Al que siempre tenemos que invitar todos. Son noches de pulmones rotos, que el corazón nadie lo saca por estas calles.

Y hoy ya es domingo, domingo de los malos. De los que te invade la pena. Y se te consume el tiempo a ritmo de Sabina.  De libros desempolvados en la mesa, en vez de ser a mi a quien quitas el polvo. De canciones de amores rotos, aunque tenga el corazón más sano que nunca. De películas malas que te atrapan como excusa en el sofá azul. Cena triste porque no nos vemos, porque no es sábado. Hora de taparse con sábanas, porque tus brazos ya no están. Llegan los domingos de pan descongelado. Domingo de arroces. De lluvia, sofá y motos. O coches. Domingos eternos, sin resaca. Domingos de madrugar como si me tocase apagar las farolas a mi. 

Y llega un día que con todo el ron en las venas, me di cuenta lo difícil que es sentirse como en casa fuera de ella. Lo que me quejo de la distancia entre nosotros, y lo poco que mi abuela llora porque el amor de su vida esta mucho más lejos. Unas nubes más para arriba. Desear no poderte levantarte de la cama un lunes a las 5.30 de la mañana, y lo desolador que tiene que ser no poder levantarse nunca más. De lo que valgo, aunque no quieran mi currículum. Hay gente que tiene más y vale menos, y eso es mucho más triste. Llorar por enfermedad de desamor cuando hay gente a quien le golpea el amor de un momento a otro. Y piensa cuantos corazones se rompen ahí. El "yo controlo", el "mañana me lo dejo" y  el "tampoco es tan malo" que termina con secuelas de comerte el mundo siendo veinteañero. Y créeme, reza porque te queden secuelas, si no no te quedará nada. El volver a un lugar donde ya nada es igual, pero es peor que no puedas volver, o que no te quieran volver a ver. Me sentí como en casa, queriendo irme, pero cuando volviese todo quedase igual. Que nada cambiara. Que no pasara el tiempo. Que todavía bailen conmigo, que me invadan las penas del licor que quieras. Noches largas, para vidas que aún son cortas pero longevas.