Iba a escribir sobre el bienestar, la emociones y las razones, pero tal vez por la música que suena ahora de fondo he decidido escribirte por última vez. Y mira que sé que no lo leerás como hacías hace siete meses, ni tendrás alguna de esas palabras de fina que la enganchabas con prosa para mi. Así que empezaré como pueda y terminaré como menos me gusta.
Me sé de memoria tu forma de ser, o por lo menos la parte que conozco. Te gusta la música alta en los viajes largos de coche. Te gusta el tostado de la piel, el que te miren cuando pasas y el mirar a todas las que por delante tuyo andan moviendo las caderas con un vaivén que les balancea el pelo. Te gustan las piernas largas con pocas caderas, que vayan bien servidas. Y por la noche que te acompañen a dar unos cuantos viajes. Y mi amor, debo decirte que cualquiera no te llevará hasta el fin del mundo.
No sé si apareciste tú, o te busqué yo, pero que bueno que te tuve. Ya hacía tiempo que no sonreía tanto y me pasaban cosas tan extrañas. Hacía muchos años que nadie ha sabido jugar tan bien sus cartas conmigo. Y si hiciste trampas te las perdono todas, que sé que siempre te ha gustado ganar. Pero perdóname por llevarte a todas partes, presumir cuando te tenía, de contar la distancia que siempre ha habido desde tu corazón al mío, de explicarte que mi cama siempre ha estado fría. Siempre he sido de perder las cartas para verte mejor.
Y al final los juegos, como los amores de verano, terminan. Uno de todos los jugadores se cansa, y por mucho que se intente el juego no será lo mismo. Siento haberme caído antes de tiempo muchas veces, siento no haber conseguido llegarte hasta la parte izquierda de tu pecho. Perdona mis exigencias, pero creía que estaría a la altura. Perdóname por haber sido yo. Y te perdono por haberme perdido y buscarme yo sola.
Nos queda mucho tiempo, y tenemos tantos motivos para que nos pasen cosas buenas que no deberíamos seguir con el alquiler de verano. Así que solo te pido que te quieran, que te valoren, que lleguen donde tienen que llegar, que nunca he visto unas pestañas tan largas tan solas.
15 de diciembre de 2013
1 de diciembre de 2013
Sobrevivir a cada invierno
Anochecía mientras el profesor de psicología evolutiva nos presentaba a un tal René Spitz y su proceso de diferenciación entre el "yo" contra los "otros". Explicaba la teoría de las sonrisas. Habla de sonrisas sistemáticas, que vendrían a ser aquellas que nos aparecen cuando reconocemos una cara que nos resulta familiar. Cuando estás feliz porque sí, porque no hacen falta más motivos. Por otro lado, hablaba de sonrisas del placer, de las necesidades cubiertas, las endógenas. Explicaba que estas sólo podía presentarse en los bebés hasta los tres meses y luego se transforman en sonrisas sistemáticas.
Parecía que el frío de aquella clase salían de todas las personas tristes que la habitaban. Parecía que se desperezaba el invierno. Parecía que sólo conseguía calentarme a base dar caladas, consumiendo las horas entre nicotina y café. Notaba como se me agrietaba el cuerpo cada vez que tiritaba y en cada escalofrío sentía como ibas alejándote un poco más. Como si te fueras por cada poro de mi cuerpo pegando un portazo. Y a veces agacho la cabeza para ver todo lo que se ha caído de mi vida, y encuentro tres sonrisas permanentes que se alimentan a base de carcajadas en una cafetería pequeña de la facultad. Son pequeños pedacitos bañados en capuccinos de máquinas baratas que te calientan como nada.
He sobrevivido a dieciocho invierno y estoy a punto de pasar otro en el norte de una comunidad. Y dormir sola empieza a ser una necesidad básica sin cubrir. La distancia de esos pequeños corazones que componen el mío empieza a molestar. Como el frío entrando por unos calcetines mojados. Como los libros rotos de la biblioteca. Como echar de menos a todo aquello que te compone.
Seguramente que al señor Spitz jamás consiguió sentir como le rescataban de días duros sin darse cuenta.Y al final del día carecía de sonrisa endogénica, que la vida consiste en sobrevivir cada invierno día a día.Cubriéndolo a base de placeres.Y cuando conseguimos llegar a la primavera acabamos sonriendo como todos los tontos enamorados que reciben un mensaje inesperado de esa persona. O como si tú hoy ocuparas mi cama.
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