Recuerdo que sólo sonaban canciones de amores de verano. No se bailaba, pero nos comíamos con la mirada de tal forma que cualquier mujer con deseo de ser mirada me envidiaba.
Recuerdo tu camisa abierta como las piernas de tres que pasaban por enfrente nuestra. Un toque de perfume caro que te pierde.Lo cierto es que aquí sigue tu olor, incluso si me tapo los ojos. .Se despierta un hambre feroz y un "para que la liamos". O nos liamos. Quizá la solución la tuviera ese tipo de sonrisa que se extiende por las mejillas hasta llegar a esas ganas de vivir pegadas a tus comisuras.
Tenías esa risa tan tuya. Aquel sonido que ensordecía mis ojos negros y desencajaba la estructura del verano. Nunca había visto sonreír así. Ni tan por fuera, ni tan por dentro. Ni tan lejos. Y eso es lo que me aterro. Unas carcajadas tan lejanas que anoche se escuchaban en mi almohada. Hacía siete meses que las cosas no eran tan difíciles ni las conclusiones tan trasparentes. Conclusiones en silencio como si estuviera prohibido decirlo en voz alta. Como palabras prohibidas. Mi cabeza se ha hecho la loca hasta el punto de perderme.
Todo ser humano con uso de razón sabía que las horas estarían contadas. Jugamos contra la meteorología. Contrarreloj. Y a distancia. Una distancia que te sabes de memoria.
Se te ve de lejos, aunque preferiría que fuese de cerca, que has dejado huellas irracionales en otras vidas. Que has ido descolocando sábanas por el mundo con la ausencia clavada en las pupilas. Por eso escuchas canciones sobre chicas de piernas largas y ojos brillantes.
Anoche eran las cuatro y seguía haciendo frío. Y calcule la distancia que podría haber de tu cama a la mía. Calculé las palabras para escribir para ti y no para el mundo, sabiendo de antemano que entre corazón y corazón hay dieciocho con siete suspiros.
Y recordé aquella risa tan tuya, que ni la mitad de la gente imagina lo tierna que puede llegar a ser, lo valiente que podía resultar y lo perdida que puedo estar por culpa de alguien como tú.

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