Me queda medio frasco de colonia cara para ocasiones inoportunas. Como aquella vez que siendo una quinceañera me metieron en pleno Coliseo de la adolescencia. Un felino de ojos verdes acorralándome y yo tendiéndole la mano. Ya ves tú, yo que pensaba que todos los felinos eran capaces de ronronear si les acariciabas, y éste arañó todo mi torso. Cómo me doliste. Qué forma más bonita de despertarme de aquella niñez. Hace tiempo que te veo, y ya eres gato viejo. Tal vez me hiciste más felina, y me he dado cuenta que, de día o de noche, todos los gatos sois pardos.
Entendí que los golpes de corazón no son solo de amor. Aprendí a perdonar, a poder evitar recordar, pero siempre supe querer más a los demás que a mi misma. Eché más de menos que la culpa. Y creía que no había nadie más puta que la vida, y me dí cuenta que todos tenemos una puta dentro. Y entristecemos la vida como si nos pagasen por ello. Nos ahogamos cuando chispea, y nos damos por muertos cuando cae una tormenta.
No sé si le esperé, o hice busca y captura. Me crucé con un juglar del siglo XXI que a cambio de amor barato empaquetado con bolsas de Versace me ofrecía espectáculos nocturnos en lugares públicos que hacíamos privados para él y para su ego. En ocasiones me lo creí. Aquellos besos sin sentido. Era como una rosa con espinas, pero sin rosa. Era el arsénico para mi autoestima. Era remedador de todos los que veía superior a él. Hasta que abandonó aquella forma de divertirse, sin cambiar su dinámica de hacer reír a su propios reyes, Y me hizo estar más guapa cuando se fue.
Y me volví a encontrar, triste, pero me volví a encontrar. Me saludé, mientras se me caía el mundo encima. Entendí que es un golpe en el corazón, que se encierren las penas en el estómago y condenar a los pulmones. Me prometí saber por quien dejar hundirme. Me jure verme más guapa. Y me compré el corazón más alto de la tienda. Todavía paso vértigo por las noches que me corre el alcohol en las venas. Me acorto la vergüenza y maquillo la tristeza. Le aseguro a la blusa que ninguna mano desabrochara la locura.
Hubo un día que volví a quererme a rabiar, y de rabia me quise. A mirar a la autoestima por encima del hombro. Ahora todos los días uso una colonia cara para ocasiones inoportunas, o tal vez sean oportunas. Al final, o no, quizá no haya final de ocasiones (in)oportunas.
Y me volví a encontrar, triste, pero me volví a encontrar. Me saludé, mientras se me caía el mundo encima. Entendí que es un golpe en el corazón, que se encierren las penas en el estómago y condenar a los pulmones. Me prometí saber por quien dejar hundirme. Me jure verme más guapa. Y me compré el corazón más alto de la tienda. Todavía paso vértigo por las noches que me corre el alcohol en las venas. Me acorto la vergüenza y maquillo la tristeza. Le aseguro a la blusa que ninguna mano desabrochara la locura.
Hubo un día que volví a quererme a rabiar, y de rabia me quise. A mirar a la autoestima por encima del hombro. Ahora todos los días uso una colonia cara para ocasiones inoportunas, o tal vez sean oportunas. Al final, o no, quizá no haya final de ocasiones (in)oportunas.

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